El sacudón por venir

El sacudón por venirpor Reinaldo Iturriza

Hemos perdido demasiado tiempo valioso discutiendo si había que apoyar o no a Maduro.

En el campo del antichavismo no hay el menor asomo de solución a los problemas fundamentales de la sociedad venezolana. Ningún análisis que apunte en la dirección correcta. Ideas hay, por supuesto, y diagnósticos que pueden llegar a ser útiles. Pero para estar bien encaminado, el análisis debe como mínimo aportar alguna pista sobre las fuerzas que harían posible zanjar la cuestión. Cosa distinta es, en el mejor de los casos, pura declaración de buenas intenciones, y ya sabemos que de éstas está empedrado el camino del infierno. Y es justo allí, en la ausencia de alguna pista, donde fallan los análisis y proyecciones de escenarios de todo tipo, y comienzan a ganar terreno “perspectivas” como las de Michael Penfold, que escribe cosas así: “Cualquier ejercicio de proyección de los escenarios políticos que se despliegue para el caso venezolano va a encontrarse con una dificultad predictiva. La razón es que bajo ningún escenario las variables relevantes están bajo el control ni del gobierno ni de la oposición” (1).

¿En serio? ¿Hemos llegado al punto en que debemos conformarnos con estos análisis?

Ahora bien, lo realmente preocupante es cierta tendencia a desconocer que el chavismo, en tanto subjetivación de las clases populares, tiene más que la oportunidad, la obligación histórica de seguir descubriendo las fórmulas que le permitan resolver el conflicto a su favor, de manera democrática. Y esto pasa por reconocer la propia fuerza, por entender su naturaleza, y por terminar de asumir que, si bien el chavismo no es el gobierno, simplemente no es una opción que el gobierno esté en manos del antichavismo, porque tal circunstancia supondría una ventaja inestimable, que no irreversible, para las élites.

Por tales razones resultan tan incomprensibles como estériles las interminables discusiones en torno al respaldo o no a Nicolás Maduro: porque la responsabilidad y la obligación es del chavismo todo en tanto sujeto y no solo del Presidente; porque ni Maduro ni cualquier otro en su lugar, solo o acompañado de su equipo de gobierno, tendrá la capacidad de resolver nada, pero además no le corresponde hacerlo; porque si fuera el caso que su equipo de gobierno, o parte de él, ha decidido darle la espalda a las mayorías populares, tiene el chavismo la obligación de hacerle frente hasta poner la balanza a su favor; porque no existe el escenario de un gobierno antichavista, ni siquiera una parte de él, de brazos abiertos a las clases populares.

El chavismo no es el gobierno, es un sujeto político que excede al gobierno, de la misma forma que la vida nos excede en tanto seres vivientes, y nos excede la historia en tanto que generación. Que el antichavismo omita este detalle en sus análisis es perfectamente comprensible: para que desaparezca la política, su pertinencia histórica, tiene que desaparecer el sujeto. Pero que en el propio chavismo se incurra en la misma práctica, es muy desconcertante.

Están en deuda, particularmente, la inmensa mayoría de quienes se reclaman marxistas, o como prefieran llamarse: cinco años después de la victoria de Nicolás Maduro, no han sido capaces de realizar un asomo de análisis de la situación de la lucha de clases al interior del gobierno. Que en el lustro más difícil de la revolución bolivariana prevalezcan las referencias al gobierno como una cosa abstracta, como pura exterioridad, dice mucho de hasta dónde puede llegar el extravío.

Importantes cambios han tenido lugar en el seno del chavismo, profundas mutaciones, desgarraduras, y el gobierno es hoy, como nunca antes quizá, un campo de fuerzas, un territorio en disputa; pero lejos de ponerse a la altura de las circunstancias, dando cuenta de estos cambios, registrando hitos, identificando líneas de fuerza, posibles alianzas, definiendo los frentes de batalla prioritarios, nuestros analistas están heridos de nostalgia, añorando los viejos buenos tiempos en que el chavismo era lo que ya no puede ser, lamentándose por el socialismo que no es, indignándose con un madurismo inexistente, dedicados a la contemplación mientras intentan convencernos de que están realizando la crítica despiadada de todo lo existente.

Si bien el peso de la realidad nos oprime, también es cierto que solo la realidad nos libera, siempre y cuando aceptemos su invitación a transformarla. Los agentes de la transformación están allí, por ejemplo: el pueblo trabajador de las empresas nacionalizadas, recuperadas y ocupadas, así como de las empresas en sectores estratégicos de la economía; el pueblo campesino, sobre todo el que se encuentra produciendo, o intentando hacerlo, en predios recuperados por el gobierno; y el pueblo comunero, protagonista del experimento político más avanzado de la revolución bolivariana.

La lista puede ser mucho más larga, por supuesto, pero ¿qué tienen en común los mencionados? Pues, que actualmente resisten la arremetida de las líneas de fuerza más conservadoras y corrompidas del chavismo, las cuales apuestan de manera deliberada al fracaso de estas iniciativas, recurriendo a la fuerza si lo consideran necesario, mientras establecen alianzas con sectores de la burguesía, sin importarles cómo esto incide en la vulnerabilidad de una economía ya asediada.

Con frecuencia, estas mismas líneas de fuerza están de alguna forma vinculadas con algunas de las mafias económicas que denunciaba el mismo presidente Maduro el 1 de mayo (3), y que identificaba con más precisión el portal informativo La Tabla (4): de marcadores de dólar paralelo; del contrabando de extracción en general, y de combustible y derivados del petróleo en particular; de tráfico de efectivo; de importación de alimentos a tasa paralela con supuestas “divisas propias”; de asignación de divisas (Sistema de Divisas de Tipo de Cambio Complementario Flotante de Mercado, Dicom).

¿Están vinculados los agentes de la transformación revolucionaria? ¿Su alianza es tan duradera como la que han ido tejiendo las fuerzas restauradoras? ¿Cuál es su relación con las líneas de fuerza revolucionarias dentro y fuera del gobierno, y con el pueblo en general? Que toda la inteligencia, toda la energía, toda la vitalidad militante que hace falta para respondernos estas preguntas, sirvan de pretexto para sacudirnos la abulia, que no estamos para esa pendejada.

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(1) Michael Penfold. Las incertidumbres de la realidad política venezolana. Prodavinci, 15 de abril de 2018.
https://prodavinci.com/las-incertidumbres-de-la-realidad-politica-venezolana/
(2) Reinaldo Iturriza López. Contra la pereza política. 9 de abril de 2018. https://elotrosaberypoder.wordpress.com/2018/05/03/contra-la-pereza-politica/
(3) Maduro: ¡Tenemos que ganar el 20-M para hacer que respeten el control de precios! Alba Ciudad, 1 de mayo de 2018.
http://albaciudad.org/2018/05/maduro-tenemos-que-ganar-el-20-m-para-hacer-que-respeten-el-control-de-precios/
(4) La Tabla. [@latablablog]. (2 de mayo de 2918, 11:17). TOP 5 de las mafias económicas:
1) Mafia de marcadores del dólar paralelo
2) Mafia del contrabando de combustible y derivados de petróleo
3) Mafia del tráfico de efectivo
4) Mafia de la importación de alimentos a tasa paralela con supuestas “divisas propias”
5) Mafia del Dicom .
Recuperado de https://twitter.com/latablablog/status/991698315162025988

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Publicado originalmente en Desafío Constituyente el 16 de mayo de 2018.

Repolitización: gobernar revolucionariamente

di Reinaldo Iturriza

Receloso como soy de los “instrumentos” para medir quién es más revolucionario que quién, y enemigo de los concursos de egos, me atrevo, sin embargo, a plantear que sí hay criterios para determinar cuándo se está gobernando de manera revolucionaria.

Lo haré en términos muy generales, recurriendo, una vez más, a la gastada fórmula del decálogo. Lo hago porque me parece necesario. Porque no es momento de distribuir culpas, pero mucho menos de concluir que todos somos culpables. Porque los análisis deben partir de nuestras prácticas, y en ningún caso pueden convertirse en un desfile de generalidades.

1. Un funcionario que se limita a administrar la institución, sea cual fuere, no es un funcionario revolucionario.

2. No hace falta la presencia de revolucionarios para que las instituciones funcionen. De hecho, éstas pueden funcionar perfectamente bien sin aquellos. El asunto es: ¿funcionar para qué, para quiénes? En el caso de los revolucionarios, lo que corresponde, siguiendo a Alfredo Maneiro, es actuar con “calidad revolucionaria”, es decir, hacer uso de nuestra capacidad “para participar en un esfuerzo dirigido a la transformación de la sociedad, a la creación de un nuevo sistema de relaciones humanas”.

3. Si además el funcionario se limita a administrar clientelarmente los “beneficios” del gobierno bolivariano, estamos frente a una gestión doblemente regresiva.

4. Mal puede exigírsele al pueblo chavista silencio y complicidad frente a estas prácticas. El malestar que ellas producen debe ser convertido en fuerza para la organización, la movilización y el control popular de la gestión. Si esto no sucede, el malestar puede degenerar en resignación, forzando a una parte del pueblo a incorporarse a las redes clientelares para así poder acceder a “beneficios”. Allí donde hay clientela deja de haber ciudadanos. Allí donde el chavismo alguna vez produjo politización, empieza a campear la despolitización. En otros casos no hay siquiera resignación: hay retirada de la esfera pública.

5. Repolitización significa gestión transformadora, movida por el principio universal de justicia. Ella supone una ética: a los revolucionarios les corresponde situarse “desde el lugar de los que sufren”, para decirlo con Dussel.

6. El comandante Chávez nos orientó sobre la necesidad de repolitizar la gestión en un momento en que se imponía el fenómeno de la gestionalización de la política revolucionaria. Esto ocurre cuando, frente a la crítica de la institucionalidad, los revolucionarios optan por ignorar la crítica popular y se refugian en la defensa de la institucionalidad. Común a todos los procesos revolucionarios, este fenómeno comenzó a perfilarse en Venezuela, por diversas razones, luego de la victoria en las elecciones presidenciales de 2006.

7. La gestionalización de la política revolucionaria no es una fatalidad. No existe algo como la irreversibilidad del proceso de burocratización de la revolución bolivariana. La acción oportuna de las fuerzas revolucionarias puede hacer revertir este proceso. Hay que desconfiar de todo aquel que “decrete” el fin de los procesos revolucionarios.

8. Un funcionario que se alía con los “poderes fácticos” para provecho personal o de grupo, de espalda a los intereses populares, no es revolucionario. Un funcionario que se limita a favorecer a grupos, por más que estos se autodenominen “revolucionarios”, no es revolucionario.

9. Si usted evalúa una gestión de acuerdo al grado de beneficio obtenido en lo personal, ignorando deliberadamente el cuadro general, usted no está actuando como ciudadano, sino como cliente.

10. No hay repolitización sin pueblo protagonista. Pero existe la tutela disfrazada de repolitización. La tutela es profundamente conservadora, antipopular. Quien la practica, se cree el único que sabe cómo hacer una revolución. Para quien se arroga el derecho de tutelar, la carga de la prueba siempre recae en el pueblo, que está obligado a probar, hasta el infinito, su condición de sujeto político, de ciudadano. Si las bases del chavismo resienten la actuación del funcionariado o el político corrupto, clientelar, el que tutela les exige disciplina, “conciencia”. Si las bases del chavismo se resignan o dejan de votar, no lo hacen de pleno derecho, sino porque les falta “conciencia”. ¿Quién les proveerá conciencia para que aquello no vuelva a ocurrir? El que tutela. ¿Qué ocurrirá con las causas del malestar? Probablemente permanecerán intactas, agudizándose el malestar popular. Al menos hasta que no se produzca, o se fortalezca, la alianza entre el funcionariado revolucionario y las bases populares.

Estos sencillos criterios tendrían que servirnos para identificar a los funcionarios, casi todos anónimos, que luchan por transformar la institucionalidad para ponerla al servicio de los intereses populares. Casi siempre lo hacen en silencio, trabajando incansablemente, sin esperar nada a cambio. Ellos se distinguen claramente de los liderazgos negativos: aquellos que en nombre del “poder popular” y de la crítica a la “burocracia” y, en ocasiones, simplemente en nombre de la “crítica”, pretenden imponer intereses personales o de grupos. Que el escándalo del que son capaces no nos distraiga.

Chavismo, amor propio y goce popular

por Reinaldo Iturriza

1. El pecado capital es la gula, no el comer. Y sin embargo, quienes se han saciado históricamente quieren hacernos creer que es un pecado que la mayoría coma, y coma bien.

2. El chavismo dignificó el acto de comer al conquistarlo como derecho haciendo la cola para votar. Desde entonces dejó de ser una “necesidad básica” para convertirse en un acto político. El antichavismo trata de convertirlo en un acto que exige una humillación previa, la que se experimenta en la cola para comprar. El objetivo es claro: despolitizar el acto, apelando a la feroz competencia.

3. Refiriéndose a la economía política, escribía Marx en 1844, en sus Manuscritos: “Hemos aceptado su terminología y sus leyes”. Partiendo de sus “presupuestos”, “con sus mismas palabras”, Marx descubrió la explotación y demostró que tal fenómeno es lo que define al capitalismo. Ciento cincuenta años después, jugando su mismo juego, con sus propias reglas, el chavismo le propinó una derrota histórica al statu quo fundado en el pacto de élites de 1958. Entonces, descubrimos la democracia participativa y protagónica y demostramos que lo que siempre se llamó democracia no era más que su remedo.

4. Para los dolientes de la vieja partidocracia, la revolución bolivariana ha quedado reducida a un gobierno corrupto, ineficiente e ilegítimo, en ese orden. Parte del antichavismo, incluido el que reclama para sí el derecho a no alinearse políticamente, manifiesta que la revolución bolivariana es un proyecto fracasado, que acabó reproduciendo la corrupción, la ineficiencia y la ilegitimidad de la “democracia” de Punto Fijo. Si para los primeros todo pasado fue mejor, para los segundos el presente ha terminado siendo peor que el pasado.

5. Sépanlo bien (y que no se nos olvide): con sus maravillas y sus pesadillas, este presente es nuestro. La revolución bolivariana multiplicó hasta el infinito nuestra potencia de actuar como pueblo que lucha por su liberación, por la democracia, por el socialismo, que no es la libertad de unos pocos, que no es poca cosa; que no es el ejercicio de mi libertad sin importar la suerte del otro.

6. Aprendamos a desconfiar de una fuerza política que, para prevalecer, ataca directamente nuestra potencia de actuar, para entristecernos, para desmoralizarnos, para desmovilizarnos. Para que dejemos de creer en nuestras fuerzas. Igualmente, desconfiar de una fuerza política incapaz de asumir la responsabilidad de nada, mucho menos de los ominosos actos de violencia que ha perpetrado, pero que llega al extremo de asegurar, por ejemplo, que la violencia criminal es alentada por el “régimen” como método de control social. Así es el antichavismo: tan capaz de todo y tan impotente al mismo tiempo.

7. El chavismo no se define por la corrupción ni por la ineficiencia. Al contrario, estos fenómenos obstaculizan una y otra vez la concreción del proyecto histórico que él encarna. Allí radica la legitimidad de origen de un proyecto que reivindica, y jamás ha disimulado, su carácter nacional, popular y revolucionario. Identificar al chavismo con la corrupción y la ineficiencia, y negar deliberadamente la naturaleza transformadora de su proyecto, y el hecho decisivo de que millones de personas están luchando hoy porque ese proyecto se haga realidad, es algo que se elige. No es una fatalidad.

8. Lo anterior no quiere decir que el chavismo sea bueno y el antichavismo malo. Son fuerzas políticas de distinta naturaleza. Esto es lo que niega de manera sistemática el antichavismo, que además disimula su propia naturaleza. Tampoco quiere decir que el proyecto histórico del chavismo no pueda desdibujarse y que eventualmente puedan imponerse interpretaciones a conveniencia. Por último, tampoco nos libra de la responsabilidad de transmitir con eficacia nuestras ideas y aspiraciones.

9. Ya que estamos, creer que se puede posponer la construcción del socialismo para el tiempo en que se hubiere resuelto el problema de la producción, es no sólo un falso problema, sino un equívoco que puede hacernos desperdiciar una oportunidad histórica como no tuvimos nunca antes. El socialismo hay que producirlo, compatriotas.

10. Habrá que insistir en el hecho decisivo de que el chavismo tiene su origen en un acto de responsabilidad. Y es que hay una cierta ética del chavismo, una ética de raíz robinsoniana. En efecto, Simón Rodríguez distingue entre “el amor propio inmoderado”, que “constituye el egoísmo”, y “el amor propio moderado”, que “es la fuente de la sociabilidad”. En palabras de Juan Antonio Calzadilla Arreaza, y refiriéndose a Simón Rodríguez: “A diferencia de los moralismos ‘duros’, no plantea suprimir o erradicar o amarrar el amor propio, sino que hace una distinción dentro de él: el amor propio tiene dos fases, o dos ‘temples’, o dos vías de desarrollo: una determinada por la inmoderación, que lleva a la vanidad, la envidia, la avaricia; otra determinada por la moderación, que constituye el orgullo, la emulación, la ambición”.

11. Cualquiera que haya sido parte del proceso de subjetivación del chavismo (de su proceso de constitución en sujeto político) entiende a cabalidad la importancia del “orgullo”, de la progresiva recuperación de dignidad que va aparejada al protagonismo político que comienzan a ejercer las clases populares, que a su vez produce o promueve la “ambición” por el cambio revolucionario, todo lo cual va configurando una suerte de círculo virtuoso de la política chavista. (El antichavismo concluirá demasiado pronto que allí donde se expresa “el amor propio moderado” del chavismo, no hay otra cosa que resentimiento y odio de clase). Y todavía no nos hemos detenido a analizar las consecuencias que trae consigo el predominio de estas “virtudes sociales” en los estilos de militancia chavista, que chocan abiertamente con los usos y costumbres de la izquierda más tradicional, mucho más proclive al ascetismo, o a eso que Calzadilla Arreaza califica de “moralismo duro”.

12. Estos asuntos hay que tenerlos muy en cuenta cuando nos disponemos a pensar sobre la relación entre chavismo y consumo. La consigna temprana: “Con hambre y desempleo, con Chávez me resteo”, no puede interpretarse como una declaración de resignación. Se trata de absolutamente todo lo contrario: es una declaración de lealtad política, aún en las peores circunstancias. Lo que Chávez representaba entonces era justamente la posibilidad de sobreponerse a lo peor, la posibilidad recién descubierta por el pueblo de cambiarlo todo.

13. El chavismo no lucha por tener cualquier trabajo que le permita matar el hambre. El chavismo lucha por un “buen” trabajo para comer “bien”. ¿Tiene o no tiene derecho? Digamos que el chavismo no se conforma con sobrevivir. ¿Por qué tendría que hacerlo? ¿Por qué no plantearnos más bien acabar con los privilegios de unos pocos?

14. Con el chavismo ocurre lo que, de acuerdo al pintor argentino Daniel Santoro, ya aconteció con el peronismo: la “democratización del goce”. Afirma Santoro: “Forzar el goce democrático es una de las afrentas más grandes que se pueda hacer al sistema capitalista en su conjunto. Es una bomba de profundidad en su núcleo, porque no se está renunciando al goce”. “El capitalismo no está pensado para el goce democrático”.

15. Existe un “fantasma neurótico del goce”, sigue Daniel Santoro, citando a Lacan. “Por ejemplo, cuando uno ve a un negro gozando en un lugar espectacular, en un lugar que sería para ricos, queda afectado por el fantasma neurótico del goce. ‘Este negro está gozando de algo de lo que yo debería gozar. Yo no puedo ser feliz porque este negro es feliz. Este negro debería dejar de ser feliz para que yo pueda empezar a serlo…’. Es un fantasma que especialmente lo despierta el peronismo. El peronismo es especialista en ubicar a un negro gozando al lado de un blanco que no lo quiere ver gozar. Por eso Eva Perón pone los hoteles sindicales en el centro de Mar del Plata”. Se diría: por eso el comandante Chávez construye edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela en plena Avenida Bolívar de Caracas.

16. Ciertamente, no hay chavismo sin “democratización del goce”, sin la voluntad de subvertir el statu quo que lo relega a ciertos espacios, que pretende limitar su capacidad de goce a través del consumo, etc. Y en este plano, en esta línea de fuerza, se expresan algunas de las más agudas tensiones del proceso bolivariano.

17. A primera vista, la “democratización del goce” chavista no ha implicado una significativa reducción de los privilegios de las clases medias y altas, la inmensa mayoría de las cuales constituyen, como es sabido, la base social del antichavismo. Antes al contrario, esta “democratización del goce” se ha producido en un contexto de aumento de la capacidad de consumo de la sociedad en su conjunto. Este hecho, en lugar de apaciguar, ha acentuado lo que es una clara tendencia en el antichavismo: “el amor propio inmoderado”. Negado a reconocer cualquier relación causal entre su creciente capacidad de consumo y la acción gubernamental, el antichavismo atribuye tal circunstancia al esfuerzo propio, y antes que asumirlo como el ejercicio de un derecho (económico), lo entiende como un privilegio que bien ha sabido ganarse y que tiene derecho a ostentar (“vanidad”). En un contexto tal, cualquiera de las muchas demostraciones de “democratización del goce” chavistas son interpretadas por el antichavismo como serias amenazas a sus privilegios de clase. La “envidia” mata la vida en sociedad (la “sociabilidad” de Simón Rodríguez), y en Venezuela moviliza políticamente a los privilegiados.

18. No es difícil advertir que buena parte del malestar antichavista por los privilegios (verdaderos o falsos) de individuos o grupos vinculados al chavismo, obedece al convencimiento de que estos últimos no han reunido ningún mérito para acceder a aquellos. En ningún momento se cuestiona el privilegio. Se censura, sí, al chavismo que lo usurpa.

19. La guerra económica es la empresa que llevan adelante los poderes fácticos vinculados al antichavismo para que, alterando o reduciendo la capacidad de consumo de toda la población (inflación, especulación, acaparamiento, contrabando de extracción), se revierta el proceso de “democratización del goce” chavista, y aumente la animosidad de la base social del antichavismo, que ve afectados seriamente sus privilegios, esta vez sí como consecuencia de la acción gubernamental (divisas).

20. Pero debemos detenernos a evaluar las posibles implicaciones de esta reversión del proceso de “democratización del goce” chavista. Aquí está una de las claves de este momento histórico. El antichavismo seguirá intentando sacar el mayor provecho de un fenómeno natural en las revoluciones: el desclasamiento (fenómeno que no por natural hay que dejar de explicar). Es decir, intentará concentrarse en esa porción del chavismo próximo a la delgada línea que separa “el amor propio moderado” del “inmoderado”. Seguirá trabajando para trocar “orgullo” por “vanidad”, “ambición” por “avaricia”. Seguirá intentando engrosar las filas del “egoísmo”, destruyendo la “sociabilidad” que ha venido construyendo la revolución bolivariana. Es relativamente sencillo concluir que, contra la tendencia del antichavismo a manifestar su “envidia” del goce popular, lo que corresponde es la “emulación” del comandante Chávez, principal referente ético de la revolución bolivariana, y con quien aprendimos a sobreponernos a las circunstancias más adversas. Pero no es suficiente. Nos toca además resolver colectivamente el problema de cómo hacerlo.

Tiempo de definiciones

orlando araujopor Reinaldo Iturriza

En 1968, treinta años antes de que el chavismo descartara la opción insurreccional y se decidiera por la vía pacífica y democrática para hacer la revolución bolivariana, Orlando Araujo afirmaba sobre el carácter del pueblo venezolano: “es paciente hasta extremos imponderables“.

Puede presentirse el tono de ajuste de cuentas de Araujo. Un tono que seguramente habrá sido producto de su rechazo al discurso sobre la irracionalidad popular, de la imposibilidad del sujeto popular para expresar su voluntad a través de la razón. Un discurso que plena la ensayística política venezolana, muy dada a presentar al pueblo como presa fácil de los partidos de turno, y protagonista de una violencia que nunca controla y que obedece a fines que no son los suyos.

En esto pensaba al tratar de entender las implicaciones de las sanciones del gobierno estadounidense contra nuestro país, aplicadas bajo el pretexto de una supuesta “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y política exterior de Estados Unidos planteada por la situación en Venezuela“, en razón de lo cual habría declarado incluso, contra toda sensatez, “emergencia nacional“.

No se trata sólo de la Faja Petrolífera del Orinoco. Todo este asunto no puede despacharse con razonamientos del tipo: se impone la brutal pragmática económica de un Imperio en decadencia, cuyas urgencias geoestratégicas le obligan a apoderarse cuanto antes de nuestras reservas energéticas.

Está en juego también la política que bien ha sabido hacer el chavismo en estas tierras.

La importancia de Venezuela a escala global no viene dada exclusivamente por tener las mayores reservas probadas de petróleo. Venezuela es también yacimiento político: su base social de apoyo, proveniente fundamentalmente de las clases populares, se ha hecho de una cultura política profundamente democrática, fraguada en la lucha, que le sirve de inspiración en las circunstancias más adversas, y de aliento para seguir luchando. Ésta es nuestra principal reserva: la ética. Y es la que más debemos cuidar.

El significado histórico del chavismo tiene que ver con su capacidad para demostrar que es posible comenzar a construir una democracia liberada de las amarras conceptuales del liberalismo burgués, enfrentándose constantemente, en la calle y por la vía electoral, con las fuerzas más retrógradas, es decir, más radicalmente antidemocráticas, y resultar airoso.

Más notable aún, cuando el escenario del conflicto ha sido la calle, el chavismo ha procedido casi siempre como fuerza que contiene y aísla a los violentos, en abierto contraste con el antichavismo, más proclive a la persecución del pueblo chavista y a la violencia terrorista.

Respecto de lo electoral, el chavismo no sólo democratizó el registro (históricamente negado a amplias capas de la población, como la ciudadanía misma), sino que multiplicó los centros electorales (que comenzaron a instalarse en los barrios) y blindó técnicamente el proceso de votación. Pero sobre todo, desde el inicio instituyó como práctica dirimir el conflicto por la vía electoral, hasta el punto de que en Venezuela se han celebrado más elecciones durante la revolución bolivariana que durante todo el siglo XX.

Por eso decimos: en las actuales circunstancias está en juego también una experiencia política, intensa y gratificante, que es obra y gracia de las mayorías populares. El experimento más radicalmente democrático que haya protagonizado el pueblo venezolano en toda su historia. Una experiencia, por cierto, que bien sabrá valorar no sólo el chavismo mayoritario, sino el pueblo que, con todo derecho, adversa a la revolución.

El chavismo ha demostrado que se puede ser, como decía Araujo, “paciente hasta extremos imponderables” cuando se trata de que se imponga la política revolucionaria por encima de la voluntad de la oligarquía, que apela a la violencia cada vez que puede porque sueña con la muerte violenta de la revolución bolivariana.

No nos extrañemos si hoy la minúscula base social de la oligarquía, muy inculta políticamente y presa del odio de clases, celebra desvergonzadamente las agresiones imperialistas: está en su naturaleza ser cipaya hasta el extremo. Al contrario, recordemos que justo esa falta de ponderación, esa debilidad de carácter, es la que le impide ser una opción política viable.

La oligarquía no le perdonará al chavismo, y tampoco el “complejo industrial-militar” (como dijera Eisenhower en 1961) que gobierna Estados Unidos, el hecho de que un ejercicio de “paciencia” tal haya sido encabezado por un hombre como Hugo Chávez Frías. Llanero, zambo, para colmo militar, lo subestimaron siempre. Tanto, que el Comandante murió invicto.

“Chávez era un guerrero”, me decía el General en Jefe Jacinto Pérez Arcay hace un par de semanas. Por supuesto que tiene razón el Maestro Pérez Arcay: era un guerrero. Pero también un político. Un guerrero con una extraordinaria capacidad para la estrategia política, que es todo lo contrario de un político guerrerista. ¿Qué define a este último? La manera cómo actúa llegado el momento del acontecimiento revolucionario: entonces procede como sólo saben hacerlo los peores carniceros, asesinando a mansalva al pueblo sublevado. Como el 27F de 1989.

Chávez, en cambio, era un guerrero político. Un hombre que depuso las armas en 1992 porque “ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre, ya es tiempo de reflexionar, y vendrán nuevas situaciones“. Y ese sentido de la estrategia, esa singular racionalidad, esa mirada puesta en la oportunidad que habrá de crearse, esa mesura, esa “paciencia” que incontables veces fue interpretada como signo de debilidad, define, por supuesto, al sujeto político que se templó en la medida en que se templaba el liderazgo de Chávez. Uno y otro son causa y consecuencia.

Es la misma “paciencia” chavista a la que apela Nicolás Maduro cada vez que hace llamados a la paz y al diálogo que, como si una tara intelectual se interpusiera, son interpretados como retórica vacía o signos de debilidad, y no como lo que realmente son: un alegato en favor de la defensa de la democracia venezolana, una defensa del derecho que tenemos todos a pensar diferente, pero siempre con respeto a la voluntad de la mayoría. Dentro de la Constitución, todo.

En nombre de la supuesta “intimidación sobre adversarios políticos” (una acusación que provocaría risa si no fuera, por citar un solo ejemplo, por la intimidación que padece toda persona “sospechosa” de chavista en aquellas zonas donde tienen lugar guarimbas), entre otros, el gobierno estadounidense amenaza con actuar como tantas veces lo ha hecho desde su fundación como nación, y como lo hace hoy en varios lugares del planeta: como un “establishment” que necesita de la guerra para prevalecer. Como una nación guerrerista.

Pretende, así, hacer que prevalezca la violencia y la muerte donde hoy comienza a florecer la democracia. Pretende también que el pueblo venezolano pierda la paciencia. Porque paciente ha sido, sí, pero como advertía el mismo Orlando Araujo, “la violencia, sin embargo, estaba latente porque no se había resuelto para los venezolanos el problema fundamental de ser independiente”.

El Presidente Nicolás Maduro lo ha dicho: estamos en “tiempo de definiciones“. O asumimos la defensa de la democracia amenazada para que sea posible seguir resolviendo nuestros problemas fundamentales, entre venezolanos, o permitimos que se imponga la violencia.

Para decirlo a la manera chavista: nuestra victoria será la paz. Pero incluso si ella, la paz, no fuera posible, será nuestra la victoria. Que nadie albergue la menor duda al respecto.

En la foto: Orlando Araujo (14 de agosto de 1928, Calderas, Barinas, Venezuela – 15 de septiembre de 1987, Caracas, Venezuela). Escritor, economista, poeta, profesor universitario, periodista y guionista de cine y televisión.

Entrevista al ministro Iturriza

Víctor Amaya | ÚN.- Reinaldo Iturriza ocupa una oficina que aún asume ajena. La biblioteca, por ejemplo, está llena de libros y regalos de sus predecesores en el Ministerio para la Cultura. Y en sus planes está dejarlos en herencia a su sucesor.

El nuevo titular, que viene de ser ministro de Comunas, aún responde titubeante, y lo admite: aún se está empapando. Sin embargo, se siente confiado de contar con un equipo “bastante preparado, por encima del promedio”.

Entre sus tareas más inmediatas está organizar la Fiesta del Joropo, con gira nacional y cierre en Caracas, y el Congreso Nacional de la Cultura, que explorará “la revolución cultural y la cultura comunal”.

¿Qué oportunidades le da ser novato en el campo cultural?

Supone limitaciones obvias. Llego con voluntad y necesidad de aprender y escuchar. Hay un trabajo de dignificación y visibilización de todo lo que hacen los cultores que debe mantenerse y profundizarse. Debemos hacer políticas más específicas de lo cultural desde lo popular. Tenemos que eliminar la distancia universal entre las artes y el pueblo, y trabajar en la reconstrucción histórica.

¿Qué quedó pendiente en las gestiones anteriores?

Aquí cada quien hizo su aporte muy importante a un ministerio que ni siquiera existía. No me corresponde a mí hacer inventario de las cosas que se han podido hacer mal. Venimos a aplicar una política establecida en el Plan de la Patria.

¿Para cuándo estarán los reglamentos de las leyes de Cultura y de Protección Social del Artista que establezcan detalles sobre los fondos y otras cuestiones?

Ese es uno de los objetivos del Congreso Nacional de Cultura. La idea es definir esas precisiones de las que yo, con toda franqueza, me estoy enterando. Si lo que hace falta es publicar el reglamento hay que hacerlo en el menor tiempo posible.

¿Cuándo se instala el congreso?

Será del 1 al 5 de octubre. Se evaluó posponerlo y yo pedí hacerlo porque hay mucha expectativa, mucha demanda de información. Hay un equipo que trabaja en esa organización. La otra semana daremos detalles.

¿Qué opina del paso de la Villa del Cine y Amazonia Films al Minci?

Me parece fundamental que haya articulación institucional, independientemente de a cuál ministerio pertenezcan. Desconozco las razones de ese cambio pero lo importante es que hay una política clara en lo cinematográfico. El cine debe ser un espacio no al servicio de la revolución bolivariana sino de la gente que hace cine. En la medida en que el arte dialoga con lo popular, con la calle, gana la sociedad, gana el arte y ganan los creadores. Debemos dar las condiciones para que ese diálogo se produzca, para que se recreen los imaginarios, que todavía siguen siendo muy de élite, muy de clase media.

Hay cineastas preocupados por la independencia del Cnac, en caso de que pase al Minci.

Creo que la independencia es deseable. Una democracia debe procurarse los medios de escuchar las voces críticas y disidentes. La mejor manera de dialogar con el que piensa distinto es que el conflicto se dirima en el plano cultural, eso enriquece a la sociedad, las distintas miradas y estéticas sobre una misma circunstancia. Lo que no puede pretender la élite es que van a seguir controlando el cine, la literatura, las artes plásticas para excluir al sujeto popular, invisibilizar al pueblo o construir una visión deformada y caricaturizada. A mí, por ejemplo, me parece más honesto el aporte estético de Jackson Gutiérrez sobre la violencia que esa visión predecible y manida que en general han tenido los cineastas venezolanos, con esa mirada a partir del prejuicio que criminaliza la pobreza.

Se dijo que Tves nació para ser una televisora cultural. ¿Cómo ve la programación de ese canal, con un show matutino de formato tradicional, con “Violetta” de Disney y producciones foráneas más que nacionales?

Yo creo que la TV pública debe tener público. Se usa mucho como excusa eso de que las audiencias están alienadas. Desde la izquierda decimos mucho eso, que a la gente lo que le gusta es Sábado Sensacional. Eso también es una posición de élite de la izquierda cultural. No hay que tenerle pavor a la sociedad de masas y la industria cultural, hay que acercarse a la candela sin quemarse. La necesidad de reinventar en el plano estético implica no repetir la estética de la cultura de masas. Como decía el Comandante, hay que inventar lo nuevo y que la gente te vea. La cuestión no son los géneros o formatos sino reinventarlos. Yo no estoy a favor de repetir fórmulas gastadas aun y cuando garantices audiencia. Tenemos que ser más audaces.

Cuando se promulgó la Ley Orgánica de Cultura, la diputada Gladys Requena decía que el Estado no podía promover el rock por no ser una expresión de la identidad venezolana.

Lo que pasa es que no hay arte puro. Si nos ponemos a indagar en el origen del Alma llanera (una zarzuela) y nos ponemos estrictos entonces rechazamos todo lo que venga de España. Es una ridiculez y una falta de respeto. Yo creo en la discriminación positiva, en darle espacio a la música que se produce aquí, sin cerrarnos a la influencia incluso de la industria cultural. Lo que tenemos es que competir, en el mejor sentido. A mí me gusta el rock, me gusta Tego Calderón que es reguetón, me gusta Calle 13, me gusta el merengue.

¿Min-Cultura apoyará el rock y otros géneros urbanos?

Sí. Hay grupos muy buenos como Campesinos Rap al que le hemos dado apoyo. Hay una política de apoyo al rock nacional. Yo me enteré de que en Alba Ciudad hubo un escándalo porque pusieron una canción de Michael Jackson. Ese es uno de los artistas más extraordinarios de la humanidad. Creo que hay que ser más amplio en todos los términos, y eso no tiene nada que ver con la necesidad de defender nuestra música tradicional.

¿Ser amplio implica trabajo conjunto con gobiernos de oposición, por ejemplo?

Hay razones de índole político que impiden eso. Eso se expresa a todo nivel de Gobierno. En algunos órdenes eso no debe ser. En términos ideales, sería mucho más provechosa la cooperación interinstitucional.

En octubre de 2012 Chávez regañó a sus ministros porque no se veía el espíritu comunal. ¿Cómo reflejarlo en la cultura?

Cuando el Comandante hablaba de eso hablaba de las transformaciones en el plano inmaterial. La revolución no es simplemente saldar la deuda material del pueblo pobre. Hay que ir creando las condiciones para producir los valores de una nueva sociedad. Hay que articular el esfuerzo abajo. Usualmente los consejos comunales no impulsan los comités de cultura y están pendiente más de resolver problemas de infraestructura y económicos. Es una visión muy honesta. La relación se da, no hay comuna sin transformación social más allá de las instancias formales. Eso hay que cimentarlo.

¿Cómo quiere ser recordado en Min-Cultura?

Como alguien que hizo política cultural desde la calle.

¿En qué plazo se verán sus primeros resultados?

En seis meses es que uno controla la institución, pero los resultados hay que irlos produciendo de inmediato… En enero, pues, para no darle largas.

¿Se sintió preparado cuando lo nombraron ministro de Cultura?

Lo primero que pensé fue: “Yo no sé nada de cultura, por qué me van a poner ahí”. Después el Presidente me explicó sus razones.

¿Cuáles?

Para el Presidente, yo soy un intelectual. Me dijo que ya me había probado en el frente de masas, y ahora había que trasladar esa experiencia para acá. Me habló de la necesidad de reimpulsar la revolución cultural, de construir hegemonía cultural, que lo popular predomine, y trabajar fuerte el tema de la identidad. Me he puesto de tarea desmontar la compleja trama del discurso discriminatorio, el discurso de “este país de mierda” que está en la esencia antichavista.

¿Identificarse con el país no pasa por tener uno sin cortes de luz, sin escasez, etc.?

Esta es una revolución asediada. Es verdad que cometemos errores, que hay decisiones que no se terminan de tomar, que no hemos logrado hacer productivas algunas empresas, todo eso es verdad. Pero también es verdad que estamos en una guerra económica que hay que reconocer, así como el esfuerzo de Chávez por evitar que esto se convirtiera en una lucha fratricida.

Su Perfil

Reinaldo Iturriza fue nombrado por el presidente Nicolás Maduro como titular de Cultura el 2 de septiembre de 2014. Antes fue ministro para las Comunas, desde 2013.

Es sociólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela (2000) con mención Magna Cum Laude. Trabajó para la Defensoría del Pueblo (2003) y el Ministerio del Trabajo (2006-2007). Dirigió Ávila TV (2009). Fue profesor de la UCV (2006) y la Universidad Bolivariana de Venezuela (2004-2005).

Por el medio de la calle

Reinaldo Iturriza
habla con franqueza y critica con fuerza el burocratismo. “Lamento nuestra impresionante incapacidad para transmitir lo que ocurre en las comunas, donde hay gente que contra todo pronóstico supera obstáculos, incluyendo los que pone el Gobierno bolivariano, porque este sigue siendo un Estado burocratizado”. “Allí hay gente creando otra cosa, practicando la política de otra manera y en contacto permanente con lo que molesta: la clientela, el politiquero. Eso produce mucho malestar y es un signo de muy buena salud del pueblo chavista. Allí hay una sociedad tratando de reinventarse”. En el III Congreso del Psuv, los delegados lo pitaron denunciando corrupción y lentitud en el que fue su despacho. “No solamente hubo pitas sino que mi intervención terminó al grito colectivo de ‘revisión’. Allí se criticó fuertemente a Fundacomunal. Hay una propensión todavía, a raíz de que el Estado sigue siendo burgués, que se mezcla con lo peor de nuestra cultura política de izquierda: pretender que la gente es masa de maniobra y clientela política. Yo aprendí a detestar esa política porque me asqueaba”.

-¿Esa política se ha perpetuado? -Hay una continuidad. Es muy difícil. Eso lo dijo el comandante Chávez hasta que se cansó. Donde uno esté tiene la obligación de combatir eso.

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