Chavistamente: Antídoto contra la guerra

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“Que nuestra alegría, nuestra esperanza, no te ofenda, que es nuestro mejor y más poderoso antídoto contra la guerra”
Con el Mazo Dando

Un camión botando la leche en al borde de una carretera. Cientos de kilos de queso tirados a la vista de todos. Miles de medicinas arrojados en un matorral. Es que el gobierno… es que no hay producción, es que los dólares… Es una guerra contra contra el estómago, contra la vida. 

Si no nos matan de hambre, si no nos matan por falta de medicinas, si vamos a seguir vivos, pues que estemos contra el suelo, que todo sea gris, que nada valga la pena. Siempre vuelvo a esta frase de Arturo Jauretche: “El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen…” Es una guerra contra la psiquis. 

Nos necesitan tristes, aplastados. Este pueblo alebrestado por Chávez que se levanta y desafía al amo tiene que ser reducido a la sumisión. Tiene que ser castigado. Nos quieren ver llorando, pidiendo perdón, y mejor, nos quieren ver dirigiendo la pelea que les damos hacia nosotros mismos. Es una guerra y somos el objetivo.

Negar la guerra te convierte en víctima, y peor, en tonto útil, porque al no saber de dónde viene el ataque pierdes el foco y la puntería. Entonces disparas fuego amigo, ya no tan amistoso y el enemigo no es el que te está cayendo a coñazos desde hace veinte años -¡qué veinte años!- desde que el mundo es mundo, sino quién hace lo imposible, en medio de esta coñacera, por no dejarnos aplastar.

Ya tristes todo es malo: Maracaibo no tuvo luz, y aquella tristeza convertida en rabia no te dejó ver el sabotaje, el acto de guerra tras el apagón ni el esfuerzo de un gentío por traer de nuevo la luz. Y vertiste tu rabia y frustración desde la oscuridad de la negación. Y vino la luz y Maracaibo de pone bien bonita y ya no tiene la llaga mafiosa de Las Pulgas en su corazón, y miraste a otro lado, y el maracucho simbólico que fuiste por unas furiosas horas dejo de serlo y se fue a buscar una nueva tristeza, una nueva indignación, de esas que hay en estos días, por tantos lados. Y la encontraste, y mira que tenía toda la vida ahí, aunque antes preferiste no verla. Y otra vez la rabia… 

Y los días son duros, lo sé, pero aún así están llenos de victorias que no quieres ver. Porque cada día que pasa con los niños en las escuelas, con sus mochilas tricolor que ya no quieres ver porque te parece que siempre estuvieron ahí, como si eso no nos hubiera costado tanto esfuerzo, tanta pelea, tanto castigo, tanta rebeldía. Y pasas de largo por los jueves de vivienda convertidos en una normalidad hermosa ahora casi invisible a tus ojos nublados. Y una larguísima la lista logros, de derechos en pleno ejercicio hechos tan cotidianos que casi no te das cuenta. Justamente esos derechos que nos arrebatarían con saña, si perdiéramos esta guerra.

Y el enemigo se desdibuja, y no es el comerciante que te esconde la comida y te obliga a hacer colas sin razón lógica alguna, sino el gobierno que no tiene un fiscal de la SUNDDE para que vigile cada mercado, cada bodega, cada zapatería, cada farmacia del país. No es la ambición insaciable de los empresarios, distribuidores y comerciantes que duplica los precios cada semana, sino un genérico militar matraquero, sin nombre, sin cara, que cobra vacuna allá en una alcabala quién sabe dónde. Y no son los cadiveros que se robaron los dólares para instalarse en lujosas guaridas en las zonas más caras de Miami y Madrid, sino es culpa del gobierno que pretendió que los empresarios hicieran lo correcto e importaran las cosas que dijeron que necesitaban importar. No es nunca culpa del corruptor sino del corrupto que se dejó corromper. Y no es que desde el centro del poder mundial decidieron asfixiarnos, y lo están haciendo, sino que en el gobierno hay fallas que permitieron esa asfixia. Somos culpables porque usamos una provocadora minifalda…

El asunto es que eso que algunos rabiosos llaman “justificar” no es más que enfocar, en medio de este chaparrón inclemente que nos enturbia la vista, y reconocer lo que hemos logrado, para saber defenderlo. Se trata de reconocer que, a pesar de los poderosos esfuerzos para asfixiarnos, seguimos respirando, de pie, resistiendo, avanzando, y desafiando a la guerra en sana paz. Se trata de entender que somos un pueblo grande, valiente, indomable y alérgico a la tristeza y la auto compasión. 

Que nuestra alegría, nuestra esperanza, no te ofenda, que es nuestro mejor y más poderoso antídoto contra la guerra. Como Jauretche decimos: “Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”. Y con esta alegría tenaz, nosotros venceremos.

Chavistamente: Pepe y el loco

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Hoy vuelve Pepe a ser portada en los medios que celebran su última pepada

Pepe Mujica, el viejito humilde, el que maneja un volkswagen de toda la vida, el que pisa el freno con su chancleta -nunca el acelerador-, siempre un osito de peluche que todos quieren porque ¿cómo no querer a ese viejito con cara de duende que vive en un ranchito y no molesta a nadie?

Pepe el viejito tranquilo, prudente, salvo cuando hay un micrófono abierto y se le sale el “tuerto” y de la “vieja loca”, en pleno proceso de formación de UNASUR,  el “loco como una cabra”, en plena guarimba contra el gobierno de Maduro… Y Pepe y su lengua siempre en perfecta sincronía con algún feroz ataque de la oligarquía, siempre convertido en bandera de quienes nos atacan, ahí con sus chancletas y sus uñas encajadas, que, si te fijas, es lo único a que las élites les molestó de Pepe.

Hace un tiempito vi a Pepe en el programa de Jordi Évole, que fue en peregrinación a la famosa chacarita para mostrarle al mundo que se puede ser revolucionario e inofensivo a la vez y que eso es muy bueno. Ahí estaba Pepe, enfáticamente desgreñado, como siempre, contándole a Jordi lo asqueante que es la política regional, enumerando generalidades, obviando, cuidadosamente, los grandes progresos alcanzados en la época en la que el continente marchaba mayoritariamente al paso de los pueblos; separándose de todo aquello, con la nariz arrugada, como intentando quitarse de encima una cucaracha… Y el entrevistador, famoso por arrinconar a sus entrevistados, risueño, escuchando como un niño al cuenta cuentos de la plaza. Una hora de narrativa de mierda, que describía a un continente de mierda, con presidentes de mierda y unos pueblos de mierda que se dejaban volver mierda, donde Pepe flotaba íngrimo en una impoluta tablita. No se salvaba nadie sino él, el viejito humilde que afirmaba frente a la cámara que en su larga y humilde vida no conoció jamás a un líder político que no fuera una mierda. Y todos los que odian a Fidel y a Chávez amaron a Pepe, el patriarca de las revoluciones inofensivas. La soberbia disfrazada de humildad.

Hoy vuelve Pepe a ser portada en los medios que celebran su última pepada: En medio de un brutal intento de revolución colorida en Nicaragua, con un reguero de muertos, la violencia más violenta, cuando el gobierno sandinista ha liberado casi todo el país de las guarimbas y las tracas, cuando está a punto de sofocar el último foco golpista, sale Pepe, siempre oportuno para el enemigo, y declara: “en la vida hay momentos en los que hay que decir me voy”. Y -¡sorpresa!- los que se tienen que ir no son los guarimberos sanguinarios, no, tienen  que irse Daniel Ortega y los sandinistas, y ceder el paso a quienes han torturado, violado, asesinado a cualquiera que les parezca sandinista. Tienen que irse y ponerse en fila, ordenadamente, para que los borren del mapa ¡Ay, Pepe!

Por eso, mientras los dueños del mundo satanizaban a Chávez, nos vendían a Pepe con su carrito, con sus chancletas, mal vestido y despeinado, sí, pero inofensivo. Y lo peor es que muchos lo compran y se tragan el cuento de que la cualidad revolucionaria se mide en chancletas y suéteres con bollitos, mientras más bollitos, más revolucionario…

Y como nos venden a Pepe, nos venden también a Iván Duque, que viaja a Washington en clase turista, como cualquier mortal que pueda pagar un boleto de avión; y a la primera ministra Croata, que se descuenta el sueldo para ir al mundial, y el de Holanda que limpia el café que derramó, y hasta al Rey de España, que lleva él mismo a su hija al colegio, sin chofer ni nada, mira tú… Y nos venden la idea de que lo importante es parecer común y corriente, pero sin fastidiar a los dueños, eso sí; no como Nicolás, que según Pepe, “está loco como una cabra”.

En fin, que saco mis cuentas, les regalo sus chancletas y me quedo con mi loco.

 

 

Indignación selectiva y olvido

Nessun testo alternativo automatico disponibile.por Carola Chávez

Es un escándalo: miles de niños separados de sus padres y puestos en jaulas, como perritos en perreras. Los grandes medios publican su sorpresa, su indignación por tan horroroso hecho. Y se filtra el llanto de los niños enjaulados, y una periodista larga el llanto en vivo. Y las redes sociales se vuelven un solo clamor, una sola condena. Y nadie se queda fuera de la última movida de indignación y condena, en la que caemos todos como corderitos.

Es como si el mundo acabara de descubrir que la injusticia golpea más duro a los más pequeños. Es como si el mundo acabara de descubrir que los derechos no existen para los pobres. Es como si el mundo acabara de descubrir que los Estados Unidos viola los derechos humanos con absoluto desparpajo. Y hoy los derechos humanos son unos niños enjaulados de quienes nadie hablaba ayer, cuando el hambre, la violencia, la desesperanza los expulsó de Guatemala o de Honduras, o de El Salvador, o de México… miles y miles de niños que cruzan fronteras, con o sin sus padres, en un éxodo de décadas que, al parecer, nadie ve.

Pero ahora importan los niños. Ahora, convertidos en dudosa bandera del mismo sistema que los enjauló, ondeada por personajes nefastos que fingen indignación. Y vemos a Hillary Clinton, la que sembró el infierno en Libia con una risa macabra, horrorizada con los campos de detención de niños, que funcionaban bajo un manto de silencio durante el gobierno de Obama, del que fue Secretaria de Estado. Otra indignada es Michelle Obama, que no le parecía malo enjaular niños cuando el enjaulador era su marido quien, por cierto, se ganó el mote de “Deportador en Jefe” durante su mandato.

Laura Bush, sí, la esposa de George W., dice que “esta política de tolerancia cero es cruel e inmoral” Y lo dice con su cara tan lavada, porque nadie recuerda a su esposo por haber sido el impulsor de esa política anti inmigrantes, sino por el el reguero de cadáveres y de huerfanitos mutilados que dejó en Iraq, algo que, para Laura, no es ni cruel ni inmoral.

Y hablando de Iraq, de los medios y de sus denuncias indignadas: recuerdo cómo los medios cocinaban a Saddam y a los iraquíes todos, hasta los que se le oponían, hasta los que deseaban y ayudaban a los Estados Unidos para que los fueran a salvar. Recuerdo el concierto sistemático (no había un solo titular discordante): Saddam era lo más maligno y más peligroso que había en el universo. Saddam era una amenaza espantosa, nadie estaba a salvo de su maldad. Y viene por más, viene por ti… Y los periodistas, convertidos en infomercenarios, los que repitieron mil veces que Bin Laden era el culpable del atentado de las Torres Gemelas, junto con los talibanes malucos que, destruían antiguedades patrimonio de la humanidad y obligaban a las mujeres a vestir burkas, y tiqui, tiqui, tiqui… hasta que Afganistan fue invadida, y el horror de esa guerra nos hizo sentir a salvo. Y llovieron las bombas y los únicos burkas que quitaron los marines fueron los de las mujeres que violaron… pero eso no importa, porque mira más allá, otro miedo, un malvado que es el culpable de los que era culpable Bin Laden, y no preguntes, mira para acá, que el mundo no estará a salvo mientras exista Saddam Hussein, el de las Torres Gemelas, el que viola los derechos humanos y tiqui, tiqui, tiqui, durante meses hasta que la OTAN invadió a Iraq…

Y luego de vendernos la guerra necesaria, esos mismos medios se lavaban la cara con la historia de Mohamed, el niño que perdió a toda su familia y sus cuatros extremidades de un solo bombazo libertario, y que ahora era atendido amorosamente en el buque hospital del mismo ejército que lo mutiló. Y los infomercenarios mutaban en estrellas lacrimosas que derramaban su llanto se glicerina sobre los cadáveres de niños iraquíes que ayudaron a matar. Y luego la normalización de la guerra eterna que no ya fue noticia, y vino el silencio y, después, un nuevo objetivo, una nueva guerra que cocinar para sus dueños y así van manchando el mapa con sangre de hombres, mujeres y niños que a nadie le importan.

Y volviendo a Texas, a las perreras para niños, a la ignominia del país que se auto proclama la tierra de la libertad; no hay sorpresas. No hay preguntas, solo el conveniente teatro de indignación por unos niños sin nombre que hoy son útiles al relato del fin oscuro que los sacó a la luz, y que mañana volverán al olvido, y seguirá el éxodo centroamericano, mientras los medios apuntan a Venezuela, inventando crisis humanitarias de utilería y diásporas de Instagram.

Aquí no han podido ni podrán. Aquí, nosotros venceremos.

Como Cuba

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“¡Nos va a convertir en una Cuba!” –decía una señora con los ojos desorbitados de rabia y terror, allá en 2001. Ella sabía, lo había leído en infinidad de cadenas de email, él último grito en tecnología para `romper el cerco informativo de la recién instalada dictadura chavista, que acabó con la libertad de expresión, y bueno, también lo leyó en El Nacional, El Universal, 2001, El Mundo… y lo escuchó en Unión Radio, RCR, La Mega… y lo vió en Globovisión, Venevisión, RCTV, Televen… “¡Gracias, medios de comunicación!”… 

“¡Nos van a convertir en una Cuba! Te van a quitar a tus hijos, te van a meter una familia cubana a vivir en cada habitación de tu casa, te van a quitar tu carro, te van a quitar…” Mientras reenviaba cadenas de email, se anotó en el plan carro familiar y se compró una camioneta y luego sacó un crédito hipotecario con intereses protegidos y compró el apartamento que siempre soñó tener, y ¡lo podía pagar! y montó un negocio y solicitó dólares de CADIVI y el negocio creció y viajó con su familia, tres veces al año, sufriendo en cada regreso, según lo expresaba en Facebook, “por tener que volver de Disney World al infierno de la dictadura que te quiere quitar todo lo que me he ganado yo solita con mi esfuerzo”

Sus hijos se casaron y el negocio familiar daba para todos, y más cuando el precio del dólar negro se distanció del oficial, y los precios del negocio subían y subían, y el “compro barato y vendo caro”, axioma del capitalista exitoso, se hizo realidad y la familia toda se forró de logotipos y subió al frágil pedestalito del neo riquismo. Eso sí, maldiciendo al gobierno, todavía, porque una cadena de SMS les dijo que Chávez les quería quitar todo. 

Y Ganó Chávez, una y otra y otra vez y en 2012, cuando ya no se calaban otro triunfo chavista, volvió a ganar. Y la guerra no declarada apretó con fuerza. Entonces estuve en su negocio y la señora –que acababa de leer unos tuits alarmantes sobre cómo, ahora sí, nos iban a cubanizar– me atendió con ojos de llamarada y me lanzó un precio grotesco por el pecho. Al ver mi cara de asombro y sin dejarme pronunciar ni una palabra, escupió, con una sonrisa sádica: “Y esto se va a poner peor… sigan votando por el castro chavismo, pues”

Meses después estaba de fiesta, con los precios ya por las nubes, y ella embutida en su look fitness ADIDAS que no ocultaba lo bien y abundante que estaba comiendo. Ella, su esposo sus hijos, nueras, nietos, y hasta un sobrino. El negocio iba sobre ruedas, como nunca, porque ahora no solo los hacía ricos, sino que servía como arma para tumbar al gobierno. Desde la caja, la mujer se burlaba del “difunto” y cuando alguien reclamaba por los precios, le contestaba, agria y venenosa: “Pero tenemos Patria”…

Era tan su locura, que no notaba que cada vez había menos gente entrando a su negocio, y no tanto por su veneno sino por los precios que subían de manera militante. ”Dile a Nicolás que te lo compre, si no lo puedes pagar”. Y cuando Nicolás subió los salarios para que pudieras comprar, la mujer subía los precios y “dile a Nicolás que siga subiendo el salario, para que no puedas comprar más”… Y el proveedor le subía los precios a ella, es cierto, y ella lo celebraba porque eran del mismo equipo, “y va a caerrr, y va a caeeer…” y el golpe del precio lo recibía el cliente, que nunca, pero nunca, nunca, tuvo la razón.

“¡Nos quieren convertir en una Cuba!” –decía, mirando aterrada a Miraflores, mientras que en sus filas, sus dirigentes, los que la pusieron a marchar, a cerrar, a calarse meses de guarimbas frente a su negocio, que la llevaron borde de la quiebra, no una sino varias veces… Esos, dirigentes, como Julio Borges, que le juró que el chavismo, además de quitarle a sus hijos, le iba a prohibir el internet para que ni siquiera pudieran hablar con ellos por Skype; bueno, esos dirigentes recorrían el mundo mendigando sanciones contra Venezuela.

Y llegaron la sanciones, primero con un sabotaje financiero no declarado, con calificadoras de riesgo poniéndonos la nota que les daba la gana, no importa que tanto ni qué tan puntualmente pagáramos. Y los bonos del país, justo antes de su vencimiento, eran embarrados por una guerra de rumores para tumbarles el precio, y luego el rumor se disolvía, y aquí no ha pasado nada, y la señora en su negocio leía cadenas de whatsapp que decían que el país estaba al borde del default, y ella no sabía qué era eso pero, si lo decía La Patilla, tenía que ser algo para celebrar… Y celebraba remarcando precios, aquí y allá, con un marcador que servia como varita mágica al hada de la especulación.

Y luego fue oficial: “¡Tiembla, Maduro!”, decía la cadena de whatsapp que anunciaba sanciones y más sanciones, y bloqueo a PDVSA, y Julio Borges y Ledezma celebran y ella celebra, pero no tanto, no vaya a ser cosa que se le suba la tensión, porque lleva días recortando el Losartán, que no se consigue. Celebra y espera que alguien entre al negocio, para decirle que esto ya está a punto de acabar “tic, tac, tic, tac“, pero no entra nadie en toda la mañana. Ni siquiera la clienta fiel aquella que defendía la libertad del comerciante de vender “al precio que le de la gana“, y que más tarde clamaba “que lleguen los productos, al precio que sea, pero que lleguen”… Ni ella…

Y ya el negocio no alcanza para todos, y el local no tiene mercancía, y el proveedor, que era su cómplice y amigo, ahora le condiciona la compra y imponiéndole productos carísimos, que siempre se quedan fríos, para poder adquirir los que la gente sí quiere y necesita comprar. Y así no se puede, y “no hay gobierno que ponga orden… yo no sé cómo vamos a hacer”

Y un hijo se fue a Chile, con la esposa y la bebé, sí, la que es igualita a la abuela; y el otro, está por irse a Ecuador, a encontrarse con su esposa que se fue adelante con prima. Y quedan ella y el marido, solos, y el negocio sigue abierto, aunque vacío, porque una cadena de whatsapp les advirtió el gobierno lo va a expropiar para los CLAP los locales que estén cerrados. Y que los apartamentos vacíos también y que te van a quitar a tus hijos y bla, bla, bla, bla bla… Y ella, victimaria convertida en víctima de su ignorancia y estupidez, reenvía la cadena, compulsivamente, sin entender nada, todavía, a pesar de todo, con un angustiado y rabioso ”Nos van a convertir en una Cuba”.

Y como Cuba, nosotros venceremos.

Ooootra vez…

por Carola Chávez

Ooootra vez una elección, van veinte y siempre los mismo: Otra vez el CNE es tramposo. Otra vez el voto no es secreto. Otra vez las captahuellas dan miedo, no olvides que una vez tuvieron burundanga y te hacían votar por Chávez aún en contra de tu decente y pensante voluntad. Otra vez las condiciones no están dadas. Otra vez las máquinas están trucadas, otra vez ¡que vuelva el voto manual! Otra vez el ventajismo del gobierno que controla todos los medios, tal como lo denuncian todos los medios que supuestamente el gobierno controla. Otra vez “yo no firmo el compromiso electoral”. Otra vez la escotilla de la violencia abierta al no me da la gana. Otra vez el coro cantando fraude adelantado, fraude selectivo, donde gana el chavismo es trampa donde gana la oposición no. Otra vez te robarán el voto pero igual, aunque te lo roben, te invitan a votar.

Otra vez el retroceso vestido de cambio. Otra vez los mismos: los del Carmonazo, los de Sabotaje Petrolero, los de la plaza Altamira, los de la guarimba, los de ¡Viva el cáncer! los de “Y nadie se los va a devolver”, otra vez los que mandaron a descargar la arrechera y la descargaron, los de La Salida, los de las guayas degolladoras, los mismos que hace años mandaron a sus seguidores a calentar aceite para lanzarlo desde los balcones a las “hordas chavistas”. Otra vez los que llevan 16 años recorriendo el mundo para suplicar intervenciones extrajeras en nuestro país. Los que en vano hicieron lobby para que no entráramos en Mercosur. Los que llamaron a los miembros de UNASUR “países chulos”. Los mismos que suplicaban una “ayudaíta” de Bush, y hoy de Obama, Hollande y el FMI. Otra vez ellos. Otra vez lo mismo, los mismos de siempre, esta vez en una campaña sin candidatos, porque el cambio no se puede proponer con las caras de Ramos Allup y Omar Barboza, reliquias cuarto republicanas; ni con la de William -Sigatoka Negra- Dávila, ni con la de Julio Borges, por nombrar a unos poquitos de este ramillete. El cambio no se puede vender con esas mismas caras embarradas.

Entonces la idiota estrategia publicitaria -permítannos pensar por usted- de quienes creen que el resto del mundo es idiota: Cuñas sin líderes, solo una musiquita genérica pegajosa, que bien podría servir para vender Diablitos o calcetines, diciéndote dónde es que vas a poner tu dedo y apretar, aquí, aquí, una y otra vez, una y otra vez… dale aquí por el cambio y no preguntes más. Y ootra vez la tradicional cuña de la señora de barrio asegurándole a las señoras de El Cafetal que el pueblo se cansó. Otra vez el “tenemos pueblo”. Ooootra vez las cuñas grises de desesperanza y tristeza que se acabará, como por arte de magia, si los dejamos ganar.

Otra vez el Departamento de Estado “deeply concerned” por Venezuela. Otra vez lo que queda de la OEA dando patadas de ahogado, otra vez voceros Europeos y nefastos ex presidentes declarando babosadas contra nuestro país. Otra vez mil frentes abiertos, amenazantes, este, oeste, norte y sur, otra vez el silencio complaciente de los que hablan de cambio, los mismos de siempre que hoy no dan la cara.

Otra vez los grandes medios del mundo coordinaditos sacando más ollas que los caceroleros de Chacao. Esta vez, más desesperados, cosa que desdice a sus encuestas que, otra vez y desde ya, cantan la derrota chavista.

Otra vez la salivante ilusión del fin de chavismo, esta vez más contenida, porque algún asesor, de esos inteligentísmos que ellos tienen, les dijo que no nos nombraran para que no nos sintamos amenazados por quienes siempre nos amenazaron. Y en su afán de no nombrarnos, pobrecitos, empiezan a creer que que ya no existimos, así, como los carajitos pequeños que juran que si cierran los ojos las cosas desaparecen. Otra vez la ceguera, la soberbia, la torpeza.

Oootra vez las zancadillas, otra vez apostando al desgaste y el cansancio, otra vez contando los pollos antes de nacer… Otra vez y como siempre, su tragedia y su derrota es que no han entendido nada.

Nunca más


por Carola Chávez
 
Habíamos visto los videos, sabíamos lo que tramaban, los llamaban “muñecos”, objetivos sin nombres ni caras hasta el miércoles pasado.
 
Robert Serra fue asesinado junto a María, su pareja. “Fue una macabra encomienda”, explicó el ministro Rodríguez Torres mientras los videos de Lorent Gómez me golpeaban el alma. Lorent, pequeña bisagra, insignificante bisagra de un plan que pretende una Venezuela bañada en sangre.
 
El miércoles en la noche, mientras asesinaban a Robert y a María, algunos esperaban noticias del hecho, algunos que sabían, algunos que habían pagado para que esos dos muchachos murieran, para que se nos partiera el corazón y de él brotara la rabia, otra vez la rabia que quieren desbordada y que la conciencia del pueblo represa.
 
El jueves en la mañana, las redes sociales supuraban odio y burla y uno se preguntaba qué clase de gente es esa sin rostro, sin nombre, que es capaz de escupir tan miserables miserias. Miserias sospechosamente uniformes, repetitivas que podrían tomarse como un consenso general, o tal vez, y perdonen la suspicacia, como parte de un plan de unos pocos miserables, esos mismos pocos que necesitan nuestra rabia y que por ella mataron a Robert y a María.
 
La vida real queda en la calle y ahí respiré otra cosa. Amigos, vecinos, gente que uno se encuentra en el mercado, en la panadería, expresaban su angustia, su rechazo por la muerte de dos muchachos. No había burla, ni odio, tal vez había miedo, dudas, pero no había miserias. Entonces vi a otra oposición: gente normal y corriente, con sus prejuicios sí, con su visión distinta a la mía, pero angustiadas por lo que plantea la violencia política que nos sacudió esa mañana.
 
Los mismos que han sido arrastrados a mil aventuras suicidas, ahora sin su dosis televisada de odio, tal vez desintoxicados, víctimas de la violencia guarimbera que al principio apoyaron solo para que esta terminara arrollándolos, huérfanos de un liderazgo cuerdo que los represente, que sea antichavista, sí, capitalista, también, que crea que nuestro norte es el Norte, no importa, porque eso creen ellos, pero que como ellos, estén lejos de pretender importar la violencia política al país donde vivimos, donde crecen nuestros hijos, donde, con un “nunca más”, quedarán sembrados nuestros otros hijos: Robert y María.
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