Vladimir Acosta: “El chavismo debe ir a la AN a hacer política”

por Correo del Orinoco 

Tiene que defender sus principios y convivir con la oposición 

22dic2015.- El analista político teme que, de convertirse el Legislativo en un escenario de peleas, se registre una paralización institucional que conduzca a una intervención extranjera o a un pronunciamiento militar
Este es el momento, para el chavismo, de hacer política con P mayúscula. La conclusión del profesor Vladimir Acosta, analista político e historiador, es tajante y responde a la derrota electoral que experimentó el Gran Polo Patriótico en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre.

En conversación con el Correo del Orinoco, Acosta sentencia que el chavismo “debe hacer política en la Asamblea Nacional (AN)”, que no es “cocinar” acuerdos “por encima de los principios” sino “la necesidad de convivir”. Subraya su planteamiento: “El chavismo debe ir a la Asamblea Nacional a hacer política”, que no es “hacer componendas pero tampoco insultar”.

El analista remarca que “el chavismo tiene que convivir con la oposición y tiene que ir a la Asamblea a discutir con argumentos en la mano, a defender las leyes con argumentos sin insultar ni ofender a nadie. A eso llamo yo hacer política”.

Como está preocupado por lo que pueda suceder el 5 de enero, cuando se instale el nuevo Parlamento, propone que las diputadas y los diputados de todos los sectores entren ese día al Palacio Federal Legislativo, que se escoja la directiva y “después vamos a empezar a discutir las cosas y convertir esa Asamblea en una Asamblea de discusión política de altura”.

Teme que, de armarse un zafarrancho ese día y en las jornadas siguientes, haya una paralización institucional que conduzca a una intervención extranjera o a un pronunciamiento militar. Si “tenemos una crisis económica que nos está hundiendo y una crisis política que no nos deja ni siquiera funcionar” lo que puede suceder es “una intervención internacional o simplemente un golpe de Estado”.

MOMENTO DIFÍCIL

Este es “el momento más difícil por el cual ha pasado este proceso”, confirma Acosta. A su juicio, “nunca habíamos tenido una situación más conflictiva y una derrota semejante, que era difícil imaginarla”.

Considera que el Gobierno “cometió demasiados errores”. Insiste en que en el país “ha habido guerra económica durante 15 años” y pese a ella el chavismo ha ganado elecciones, y aclara que la guerra económica es el uso de la escasez, los precios y la inflación como “un recurso para provocar la caída del Gobierno”. Por ello “habría que preguntarse por qué se perdió esta elección”, insiste.

En Venezuela “la guerra económica la dirigen los empresarios” pero “el Gobierno les da dólares a 6,30 para que ellos coloquen dólares en el exterior y luego nos vendan productos a mil”, argumenta.

REPARTO DE CULPAS

La culpa de lo sucedido el 6 de diciembre es del Ejecutivo, opina Acosta. “Por parte del Gobierno ha habido una arrogancia increíble” que ha llevado, incluso, “a no querer reconocer la derrota” y a “guardar silencio sobre las responsabilidades de algunos”.

Piensa que en el Ejecutivo también hay ceguera, porque no pudo ver “lo que otra gente veía” ante el malestar causado por la escasez, las colas y la inflación. Tampoco se escucha al pueblo “porque se ha ido perdiendo el contacto con el pueblo” mientras hay “sectarismo y rechazo a todo tipo de críticas”, analiza.

Ha habido, resume, arrogancia, ceguera y sordera de un Gobierno que, en cambio, sí habla “y por televisión”. Remarca que ese uso de la TV “es una de las mejores maneras de pervertir la política”, al igual que el empleo de Twitter como si fuese el único mecanismo de comunicación.

Acosta subraya que el presidente Nicolás Maduro debió “hacer un plan económico y político, un plan de gobierno tomando muchas de las cosa que Chávez planteó”. Sostiene que aprobar el plan de la patria en la Asamblea Nacional “era un disparate, porque cuando cambia la situación del país las cosas que fueron vistas valiosas no las puedes convertir en una ley que te amarra las manos”.

Era perentorio, agrega, “tomar medidas sobre el control de cambio, tomar medidas sobre la inflación, tomar medidas sobre el acaparamiento y sobre la producción”. Expone que el país no ha podido salir del modelo petrolero y, por el contrario, pasó por la locura de precios petroleros elevados que facilitaron la importación de todos los bienes, situación que cambió radicalmente.

SE HAN PUESTO PARCHES

“Los liderazgos se aprueban en las derrotas”, asevera Acosta. “Cuando recibes una derrota descomunal como esta tienes que, primero que nada, reconocer tus fallas y tus errores para que la gente te apoye mucho más, en lugar de negar los errores que la gente está viendo”.

Evalúa que el Gobierno lo que hace es “ponerle parches a la situación económica”, y ni siquiera se atrevió a decidir el aumento del precio de la gasolina. Para el analista es imposible que una ley de precios justos pueda funcionar mientras “tienes cuatro cambios distintos”.

Las colas se han mantenido durante todo este año: “Es una cosa insoportable y la gente lo que ha sentido es que el Gobierno es incapaz de resolver las cosas, que no ha hecho nada y que siguen las colas”. Por ende, “echarle la culpa al pueblo de la derrota, como se intentó al principio, es un error”.

La población debe “ser consciente de su voto”, afirma, pero “la responsabilidad principal es del Gobierno”, y además “no se creó conciencia, sino que se generó una política paternalista y asistencialista a cambio de nada”.

NO SEMBRAR DUDAS

A criterio de Acosta es un error sembrar dudas sobre la pulcritud del sistema electoral venezolano. “Yo espero que eso se pare. No se puede seguir tratando de demostrar que no perdimos sino que ganamos porque todos los abstencionistas eran nuestros, porque los votos nulos son nuestros” y porque dirigentes opositores “compraron votos”. Ahora “quien defiende al CNE es la oposición”, ironiza.

El chavismo tiene “que, humildemente, reconocer la derrota; no puede ser mal perdedor o actuar como Jalisco”, recomienda. En cuanto al PSUV, sugiere que los funcionarios del Gobierno no deben ser los dirigentes del partido. “Ahora tenemos un pastel: el Presidente de la República es el presidente del partido, los ministros son los dirigentes del partido”.

-¿Qué debe hacer el PSUV ahora?

– Se necesita una revolución dentro del PSUV. El PSUV se burocratizó, perdió el contacto con la gente y lo que hay es un pastel entre partido y gobierno. Hay que separar el partido del Gobierno. Se eligen representantes a dedo y hay que acabar con eso. Se destruyeron los liderazgos regionales que son la garantía de un proceso que crezca en el pueblo.

LLAMADO A LOS MEDIOS

Los medios públicos de comunicación, cuestiona, no pueden ser sectarios. Se necesitan, estima Acosta, participación, denuncias y críticas constructivas. Es perentorio, alega, “que se pueda criticar a los funcionarios”.

CUESTIONA INSTALACIÓN AHORA DEL PARLAMENTO COMUNAL

Vladimir Acosta cuestiona que ahora se instale el parlamento comunal, figura aprobada hace años que “estaba durmiendo el sueño de los justos” pero cuando el Gobierno “pierde la Asamblea Nacional forma un parlamento comunal que casi es una forma de desconocer la Asamblea”. Puntualiza que no es el Estado presente el que va a decretar el Estado comunal.

Doble poder en Venezuela

América XXIpor Luis Bilbao 

Aunque de manera original, sin precedentes, en Venezuela se verifica por estos días una ley inalterable de toda revolución: el doble poder. Afirmación de dos centros de mando que, en representación de clases y sectores de clases contrapuestos, confrontan en el marco de la desarticulación del control hegemónico del Estado preexistente.

Podría haber ocurrido de otras muchas maneras. Pero fatalmente llegaría el momento en que la Revolución Bolivariana se vería frente a frente, sin conciliación posible, con la burguesía y el imperialismo.

Sucedió a causa del resultado del 6-D. Por eso en una primera instancia la manifestación más visible de este fenómeno ocurre en la Asamblea Nacional. Con 112 diputados, la burguesía tiene el control institucional tradicional. Con la instalación del Parlamento Comunal la dirección revolucionaria contrapone, según palabras de Diosdado Cabello, “un mecanismo legislativo que le permita al pueblo disponer de recursos, jefaturas, toma de decisiones, leyes, y que le permita al pueblo disponer su forma de vida”.

He aquí entonces, por vía y en circunstancias inesperadas, la inauguración formal de un doble poder en Venezuela.

Sorprende que en muchos casos no se valore en toda su trascendental importancia la decisión tomada por el presidente Nicolás Maduro, quien sin rodeos explicó: “No voy por el camino del capitalismo, voy por el camino de una revolución productiva, integral, nacional y profundamente socialista”. El Parlamento Comunal es la articulación táctica de esa terminante definición estratégica. Y da lugar a una nueva Venezuela.

Que el lugar físico de ese doble poder sea el Capitolio –más aún: que el sitio asignado al Parlamento Comunal sea el del antiguo Senado hoy inexistente- subraya la singularidad de la Revolución Bolivariana, que en 17 años logró sortear una y otra vez, sin ceder lo fundamental de su estrategia, la imposición de una confrontación violenta propiciada por la burguesía local y el imperialismo.

Un poder doble es por definición inestable y, a término, insostenible. Uno de los dos ha de imponerse sobre el otro. Si la parte derrotada continúa avalada por fuerza objetiva suficiente y mantiene voluntad de combate, la dualidad de poderes desemboca en una guerra civil.

Tal desenlace sólo es evitable –o reductible a una mínima expresión- si las fuerzas revolucionarias consiguen poner en movimiento al conjunto social, que en el original caso venezolano incluye al grueso de la Fuerza Armada. Pero así como toda genuina revolución cumple en algún momento de su desarrollo la ley del doble poder, el corolario inevitable es la derrota definitiva, pacíficamente o no, del poder enemigo. Otra secuela insoslayable de tal situación es la intervención de un tercer protagonista, en realidad el primero en el caso venezolano: el imperialismo; cuyos jefes saben que no tienen chance si no es por el camino de la violencia.

Si el doble poder está instalado y representado en la Asamblea Nacional, no será allí donde se dirimirá. No se trata de diputados y mayorías eventuales. Se trata de la lucha de clases en su más franca expresión. El Parlamento Comunal no será representación del poder de las mayorías si no está plasmado en organismos de masas, participativos y democráticos, desplegados en todo el país, en cada lugar de trabajo o de estudio. Entendido de esta manera el poder efectivo se traslada al Parlamento Comunal y choca de frente con los declarados propósitos de la mayoría burguesa en la Asamblea Nacional.

Nada más importante en esta coyuntura que la determinación de el o los partidos revolucionarios (Psuv y GPP) para cohesionar, dar confianza y organización a las grandes masas, lo que implica dirigir políticamente las Asambleas Populares y otros organismos de base sin caer sobre ellos de manera vertical.

No se trata de propugnar un supuesto poder que se conforma de abajo hacia arriba, como habitualmente se escucha. Tampoco lo contrario: la imposición desde un organismo centralizado que reemplaza el debate y la decisión de las masas. Tales interpretaciones mecanicistas bloquean la interacción dialéctica entre un centro de mando político y los organismos de masas. Aquél, munido de estrategia, programa de acción, información y cuadros capacitados para llevar a las mayorías una línea de acción en medio de la confrontación; éste, con fuerza suficiente para traducir el nivel de conciencia y la voluntad de combate de sus bases y ensamblarlos con la dirección político-militar revolucionaria.

Desafío extraordinario y sin postergación posible para el Psuv-GPP. Hay organismos de base de enorme potencialidad, que requieren impulso exterior para proyectarse como plataforma del Parlamento Comunal, cuyo nombre podría traducirse como Comando Central de Asambleas Populares. Ese impulso exterior sólo puede provenir de la organización revolucionaria socialista, el Psuv y, hasta donde se pueda, el GPP. Es claro que toda idea conciliacionista ha de ser combatida y vencida en ambos componentes de este proto-Estado revolucionario.

Inviable una victoria si la voluntad insurrecta de las masas no se expresa en toda su potencia. Igualmente inviable sin la conducción lúcida y férrea de la dirección revolucionaria.

Tal el reto que afrontan las y los revolucionarios en Venezuela. Y que debemos acompañar incondicionalmente quienes en América Latina y el mundo luchamos contra el capitalismo.

@BilbaoL

22 de diciembre de 2015

Repolitización: gobernar revolucionariamente

di Reinaldo Iturriza

Receloso como soy de los “instrumentos” para medir quién es más revolucionario que quién, y enemigo de los concursos de egos, me atrevo, sin embargo, a plantear que sí hay criterios para determinar cuándo se está gobernando de manera revolucionaria.

Lo haré en términos muy generales, recurriendo, una vez más, a la gastada fórmula del decálogo. Lo hago porque me parece necesario. Porque no es momento de distribuir culpas, pero mucho menos de concluir que todos somos culpables. Porque los análisis deben partir de nuestras prácticas, y en ningún caso pueden convertirse en un desfile de generalidades.

1. Un funcionario que se limita a administrar la institución, sea cual fuere, no es un funcionario revolucionario.

2. No hace falta la presencia de revolucionarios para que las instituciones funcionen. De hecho, éstas pueden funcionar perfectamente bien sin aquellos. El asunto es: ¿funcionar para qué, para quiénes? En el caso de los revolucionarios, lo que corresponde, siguiendo a Alfredo Maneiro, es actuar con “calidad revolucionaria”, es decir, hacer uso de nuestra capacidad “para participar en un esfuerzo dirigido a la transformación de la sociedad, a la creación de un nuevo sistema de relaciones humanas”.

3. Si además el funcionario se limita a administrar clientelarmente los “beneficios” del gobierno bolivariano, estamos frente a una gestión doblemente regresiva.

4. Mal puede exigírsele al pueblo chavista silencio y complicidad frente a estas prácticas. El malestar que ellas producen debe ser convertido en fuerza para la organización, la movilización y el control popular de la gestión. Si esto no sucede, el malestar puede degenerar en resignación, forzando a una parte del pueblo a incorporarse a las redes clientelares para así poder acceder a “beneficios”. Allí donde hay clientela deja de haber ciudadanos. Allí donde el chavismo alguna vez produjo politización, empieza a campear la despolitización. En otros casos no hay siquiera resignación: hay retirada de la esfera pública.

5. Repolitización significa gestión transformadora, movida por el principio universal de justicia. Ella supone una ética: a los revolucionarios les corresponde situarse “desde el lugar de los que sufren”, para decirlo con Dussel.

6. El comandante Chávez nos orientó sobre la necesidad de repolitizar la gestión en un momento en que se imponía el fenómeno de la gestionalización de la política revolucionaria. Esto ocurre cuando, frente a la crítica de la institucionalidad, los revolucionarios optan por ignorar la crítica popular y se refugian en la defensa de la institucionalidad. Común a todos los procesos revolucionarios, este fenómeno comenzó a perfilarse en Venezuela, por diversas razones, luego de la victoria en las elecciones presidenciales de 2006.

7. La gestionalización de la política revolucionaria no es una fatalidad. No existe algo como la irreversibilidad del proceso de burocratización de la revolución bolivariana. La acción oportuna de las fuerzas revolucionarias puede hacer revertir este proceso. Hay que desconfiar de todo aquel que “decrete” el fin de los procesos revolucionarios.

8. Un funcionario que se alía con los “poderes fácticos” para provecho personal o de grupo, de espalda a los intereses populares, no es revolucionario. Un funcionario que se limita a favorecer a grupos, por más que estos se autodenominen “revolucionarios”, no es revolucionario.

9. Si usted evalúa una gestión de acuerdo al grado de beneficio obtenido en lo personal, ignorando deliberadamente el cuadro general, usted no está actuando como ciudadano, sino como cliente.

10. No hay repolitización sin pueblo protagonista. Pero existe la tutela disfrazada de repolitización. La tutela es profundamente conservadora, antipopular. Quien la practica, se cree el único que sabe cómo hacer una revolución. Para quien se arroga el derecho de tutelar, la carga de la prueba siempre recae en el pueblo, que está obligado a probar, hasta el infinito, su condición de sujeto político, de ciudadano. Si las bases del chavismo resienten la actuación del funcionariado o el político corrupto, clientelar, el que tutela les exige disciplina, “conciencia”. Si las bases del chavismo se resignan o dejan de votar, no lo hacen de pleno derecho, sino porque les falta “conciencia”. ¿Quién les proveerá conciencia para que aquello no vuelva a ocurrir? El que tutela. ¿Qué ocurrirá con las causas del malestar? Probablemente permanecerán intactas, agudizándose el malestar popular. Al menos hasta que no se produzca, o se fortalezca, la alianza entre el funcionariado revolucionario y las bases populares.

Estos sencillos criterios tendrían que servirnos para identificar a los funcionarios, casi todos anónimos, que luchan por transformar la institucionalidad para ponerla al servicio de los intereses populares. Casi siempre lo hacen en silencio, trabajando incansablemente, sin esperar nada a cambio. Ellos se distinguen claramente de los liderazgos negativos: aquellos que en nombre del “poder popular” y de la crítica a la “burocracia” y, en ocasiones, simplemente en nombre de la “crítica”, pretenden imponer intereses personales o de grupos. Que el escándalo del que son capaces no nos distraiga.

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